domingo, 28 de noviembre de 2010

LOS MENSAJEROS DE LA PALABRA DE LOS WAYUU

Ismael Pana Epieyú se convenció de que sería palabrero siendo muy joven, luego que en un viaje a Bahía Honda (Alta Guajira), con su mujer, una piache (chamana) le dijo que debía someterse a un encierro de un día y una noche para prepararse espiritualmente porque había soñado que él iba a ejercer ese oficio.

Pana es hoy uno de los palabreros o pütchipü'ü más viejos y respetados de la Media y Alta Guajira. Aunque las canas y su piel ennegrecida por las largas caminatas bajo el Sol furioso del desierto revelan sus 85 años, su voz conserva la potencia de su juventud.

Con la misma determinación y habilidad discursivas con que enfrenta a las familias que lo buscan para un arreglo, Pana asegura que aprendió este oficio escuchando cómo resolvían las disputas los mayores de su clan y que poco a poco fue ganando experiencia porque "el don de la palabra no es para todo wayuu sino para el que le gusta", advierte a través de un intérprete porque sólo habla wayuunaiki.

En el sistema normativo de los wayuu, reconocido el pasado 16 de noviembre como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, no existen los abogados ni los jueces. Los pütchipü'ü son los encargados de resolver los conflictos, a través de la palabra. Su papel es actuar como conciliadores entre las partes en disputa y lograr que lleguen a un acuerdo, mediante el pago de una indemnización.

En este pueblo indígena, que habita en Colombia y Venezuela, desde pedir la mano de una mujer hasta la sangre derramada por un asesinato deben ser compensados. El pago lo hace la familia materna y el monto lo determina la jerarquía social del implicado, así como la magnitud de la afrenta.

En el caso del cobro por una muerte, accidental o no, del pago de la indemnización depende que no se desencadene una guerra, que puede durar años y acabar con familias enteras.

En sus inicios, a Pana lo buscaban para negociar la dote por el matrimonio de una muchacha porque en esa época, cuenta, el cobro por muerte no era tan común. "Por eso me ocupé de los matrimonios. La intervención del palabrero les garantiza el futuro a los hijos. Si la mujer es de familia rica tienen que pagar más", afirma, empuñando el bastón o waraarat con que acude a los arreglos.

Pero con el paso de los años también ha tenido que mediar para evitar un enfrentamiento armado entre familias. En 1987, un indígena que era miembro del Ejército venezolano mató, en cumplimiento de sus funciones, a un miembro del clan Ipuana.

En el primer pago, los agresores dieron una suma de dinero equivalente a 50 reses, pero los familiares del difunto exigían la entrega de 50 novillas que no hubieran parido para firmar la paz, así que tuvo que interceder por el otro bando porque no tenían esa cantidad de animales. Después de exponerles las ventajas de llegar a un arreglo, logró que se estrecharan las manos.

"En un arreglo, primero se pide como pago una cantidad de animales, collares, tumas (piedras preciosas) y mulas, pero para darse la mano y que no haya más rencilla tiene que haber una protocolización y piden a la familia agresora que dé un regalo", explica Pana, quien luce en su cuello un collar que recibió como remuneración por su trabajo. Según la norma wayuu los miembros de las partes en un conflicto originado por una falta grave no deben verse las caras antes de que la reparación haya tenido lugar.

Sentado en un chinchorro, colgado en una enramada de la ranchería Karaquita, localizada en jurisdicción de Maicao, a donde se llega después de recorrer una hora en carro desde Riohacha por caminos rodeados de trupillos y cactus, el viejo palabrero recibe la visita de tres de sus colegas.

José María Ipuana, de 63 años, llegó desde el Resguardo 4 de Noviembre, en el municipio de Albania, ataviado a la manera tradicional: sombrero, camisa occidental, faja y faldón o ashenpala, guaireñas y bastón. Al igual que Pana, habla solo en wayuunaiki.

Ipuana, quien antes de 'llevar la palabra' lee el tabaco para saber cómo le va a ir, recuerda que el arreglo más difícil que ha tenido que asumir fue el de la muerte de un wayuu en un accidente de tránsito en Machique (Venezuela), en el que el conductor del vehículo se fugó.

El tío materno de la víctima, después de confirmar quién era el responsable, llamó a Ipuana para que resolviera el problema. La complejidad radicaba en que los agresores negaron en un principio haber cometido la falta y ni siquiera auxiliaron al muerto.

Después de ir y venir varias veces llevando el mensaje de unos y de otros, Ipuana logró ponerle fin a la querella. La familia paterna del difunto recibió dos collares y siete millones de bolívares como pago por las lágrimas, y la familia materna 30 millones de bolívares, seis collares y dos ensartas de tumas por la sangre derramada. "El palabrero que realmente trabaja es aquel que no renuncia a ningún caso hasta resolverlo y que las dos partes queden conformes y tranquilas. A pesar de que lo busca una familia, él tiene que conciliar en las dos partes en disputa. Apaciguar los ánimos", advierte Ipuana, a quien le preocupa que los jóvenes de su etnia no se interesen por seguir con esta práctica ancestral.

En la reunión también están Orangel Gouriyú Gouriyú y Germán Aguilar Epieyú, quienes representan a la generación más joven de palabreros. Tienen 46 y 51 años, respectivamente; a pesar de tener mayor educación y vivir en la ciudad, mantienen la sabiduría de los viejos.

Aguilar es economista pero conoce al dedillo la normatividad de su cultura. Para él la principal diferencia con el sistema jurídico ordinario es que la penalización no es individual sino colectiva. "Por eso hay que resolver los problemas ya porque, si no, le heredan el conflicto a las siguientes generaciones", advierte.

Para Gouriyú, quien heredó el oficio de su abuelo, la ley wayuu es tan efectiva que muchos alijunas (no wayuu) deciden acogerse a ella en aras de llegar a un arreglo.

"Mientras las entidades como la Fiscalía duran cinco años haciendo investigaciones y amontonan documentos, la ley wayuu es lo más rápido y sano: uno pone fecha, plazo y reparamos los daños", afirma Gouriyú, a quien buscan para resolver conflictos hasta de la Presidencia de la República.

Pese a la intromisión de la cultura occidental en sus costumbres, los palabreros continúan asumiendo su papel como mediadores para encontrarles una salida pacífica a los conflictos y mantener el equilibrio en las relaciones sociales de su comunidad. Sin embargo, los más viejos temen que cuando ellos ya no estén, la palabra pierda su valor y desaparezca como el rastro de las pisadas en la arena del desierto.

Para qué sirve una declaratoria de la Unesco

Estas declaratorias buscan hacer visibles y proteger manifestaciones culturales intangibles de diferentes países, que por tradición se han heredado como parte de su historia y que se busca que no desaparezcan. La declaratoria obliga al Estado y a la comunidad a conservar la tradición, que muchas veces corre peligro de desaparición porque los ancianos mueren y los jóvenes ya no replican los conocimientos ancestrales, porque se van de la región y no piensan en volver o desconocen la lengua en que se realizan dichas prácticas. La Unesco busca que los habitantes consideren un honor preservar la tradición.

TOMADO DE EL TIEMPO



domingo, 21 de junio de 2009

BACHILLERES WAYUU SE GRADÚAN COMO EMPRESARIOS EN LA ALTA GUAJIRA


Afuera todavía no ha amanecido y el coro de un grupo de internos que cantan alabanzas religiosas se cuela por los calados de los dormitorios. Están levantados desde antes de las cinco de la mañana para hacer sus oraciones y asear sus cuartos, pero, a diferencia de otros días, no tendrán clases.

El viernes 12 de junio, los alumnos del Internado Indígena de Siapana, corregimiento de Uribia (La Guajira), se alistan para celebrar la graduación de la segunda promoción de bachilleres empresarios de la etnia wayuu. A la ceremonia asistió el vicepresidente de la República, Francisco Santos.
Con los primeros rayos de luz, las enramadas que están alrededor del patio, adornadas con coloridos chinchorros y con mochilas que cuelgan del techo, comienzan a llenarse de estudiantes, familiares e invitados especiales, que vienen desde distintos puntos de La Guajira e incluso de Venezuela.
En un extremo hay una enramada grande, con mesa en la mitad, donde están sentados por lo menos 10 palabreros, ataviados con su indumentaria típica y empuñando el waraarat (bastón de mando). Ellos son los encargados de resolver los conflictos en la cultura wayuu y llegaron para guiar a los graduandos en su nueva etapa.
El sonido de la kaasha (tambor) anuncia que habrá festejo. Pasadas las nueve de la mañana aterriza el helicóptero que trae a la comitiva que acompaña al Vicepresidente. Luego de una calurosa bienvenida, decenas de muchachas que lucen mantas rojas y jóvenes en wayucos (taparrabos) forman varias hileras para bailar la yonna, danza en la que la mujer persigue a su parejo, levantando con cada movimiento una polvareda.
En Siapana, poblado del norte de La Guajira al que se llega por caminos serpenteantes y sin pavimentar, después de un viaje de siete horas en carro desde Riohacha, las casas están desperdigadas y solo crecen cactus y árboles de trupillo. En el internado, al igual que en el resto del pueblo, la energía eléctrica es deficiente. Desde febrero, una planta les presta este servicio de 7:00 a.m. a 1:00 p.m. y de 6:00 a 10:00 p.m. Esa misma planta es usada para bombear el agua que sacan de pozos profundos, pero cuando se termina el combustible tienen que caminar una hora para abastecerse en los jagüeyes.
Pese a esto, Deyanira García González sonríe. Es morena y su cabello es lacio y negrísimo. Tiene 19 años y nació en Bahía Honda, a cuatro horas en carro de Siapana. Ella hace parte del grupo de 20 bachilleres que recibirá de manos de los palabreros los karats (diadema con plumas de pavo real) y sombreros, en la ceremonia simbólica que se realiza en el salón de eventos del internado.
"La graduación iba a ser en diciembre, pero las clases no pudieron ser normales por la falta de docentes y el inconveniente con la rectora. En enero, cuando tuvimos profesores nuevos de español y matemáticas, comenzamos a nivelarnos y hoy podemos decir con orgullo que lo logramos", dice la joven, que cursó el grado 11 en año y medio.
Deyanira se refiere a los problemas que surgieron en abril del año pasado, luego de que la Alcaldía de Uribia decidió trasladar a la entonces rectora, Fanny Yined Samudio, para otro internado y nombrar en su reemplazo a una licenciada de la etnia wayuu. Esto provocó un enfrentamiento entre la administración municipal y la comunidad educativa, que para hacer valer sus derechos y autonomía se tomó las instalaciones del internado por casi dos meses.
Después de un viaje a Bogotá para pedir la mediación del Ministerio de Educación en el conflicto, en junio de 2008 se lograron zanjar las diferencias. Samudio siguió en la institución como docente y la indígena Zunilda Palmar fue designada rectora encargada.
A la seño 'Yina' - así llaman a Samudio- le reconocen haber completado el bachillerato. En 2003, cuando llegó como rectora los alumnos solo cursaban hasta el grado séptimo. "Muchos niños se iban a estudiar a Nazareth pero no duraban porque les quedaba muy lejos", dice la ex rectora, que en 2007 logró graduar a los primeros 14 bachilleres de la institución.
La creación de proyectos como una panadería, una ebanistería y una empresa para el procesamiento del cactus, en la que producen mermeladas, frutas cristalizadas, morenitas, vinos y hasta hamburguesas con la pulpa de esta planta que crece en el desierto, también se la atribuyen a la gestión de Samudio. El año pasado, consiguió que el SENA capacitara a un grupo de alumnos en competencias laborales y en buenas prácticas de manufactura.
Gilber Iguarán Cohen, de los pioneros en panadería, recibió la certificación en este oficio. La lejanía de los centros urbanos y la escasez de alimentos hicieron que él y otros compañeros 'amasaran' desde hace dos años la idea de comer pan fresco. Incluso, apuntaron más lejos.
"Hacemos panes y tortas a base de cactus. La idea es innovar ante todo. Nosotros queremos seguir luchando para que se pueda comercializar este producto", dice Gilber, de 21 años, mientras entrega una degustación del pan que acaban de hornear y que le venden a las rancherías aledañas.
Su intención es seguir al frente de la panadería hasta que entre a estudiar administración de empresas, aunque realmente no quiere abandonar su comunidad. Por eso aprovecharon la presencia del Vicepresidente para pedirle la apertura de una universidad en la Alta Guajira.
Al mediodía, los funcionarios públicos se marchan, pero el festejo continúa. En las enramadas les ofrecen a los invitados friche, shapulana (una sopa preparada con cebo de chivo, fríjol y maíz) y chicha fermentada. Y al caer la tarde, el salón de eventos vuelve a llenarse, esta vez para celebrar la misa de acción de gracias.
De nuevo se oyen los cantos religiosos de la madrugada y los graduandos son bendecidos por el sacerdote. Las bachilleres lucen mantas tapizadas y algunas tienen figuras pintadas en el rostro, y ellos están vestidos con la sheinpala (túnica), que los wayuu usan en ocasiones especiales.
Finalmente llega el momento más esperado. Uno a uno desfilan para recibir los diplomas del brazo de sus padres, quienes no pueden ocultar su orgullo. Y no es para menos. "Este un gran logro porque hemos tenido mucha lucha para sacar a estos bachilleres en la Alta Guajira, una zona tan desértica y lejana", dice Eduardo García, padre de Deyanira. Y añade que ahora el compromiso de todos es irse a estudiar y regresar para servirle a su comunidad.
Con energía solar
La precaria energía con la que cuenta el internado ha hecho que se trunquen muchos de sus proyectos. Aunque consiguieron que les regalaran computadores, solo hasta hace poco pudieron encenderlos porque la planta que tenían era insuficiente. No obstante, gracias a la donación de 80 millones de pesos de la multinacional Philip Morris Internacional recientemente fue instalada la primera fase del proyecto de energía solar que permitirá mejorar el suministro.
Esta empresa también donó 780 millones para la ampliación del internado. "Ya están los diseños y la plata se entregará en tres semanas al Minuto de Dios para que arranque la construcción. Esperamos que para principios del próximo año se entreguen las obras", anunció el Vicepresidente Santos.

LOS WAYUU SE COMPROMETEN A CONSERVAR SANTUARIO LOS FLAMENCOS EN LA GUAJIRA

Las autoridades tradicionales de las comunidades wayuu de Tocoromana y Loma Fresca, pertenecientes al resguardo Perratpu, en el corregimiento de Camarones, llegaron puntuales el jueves a la cita con los funcionarios de Parques Nacionales Naturales.
Fueron a comprometer su palabra en la firma del Régimen Especial de Manejo del Santuario de Fauna y Flora Los Flamencos, construido de forma conjunta entre los miembros de la comunidad y Parques Nacionales, luego de un largo proceso de concertación que comenzó en 2007.
A las dos de la tarde, la enramada de Tocoromana, ranchería localizada a 15 minutos de Riohacha, estaba llena de indígenas wayuu de todas las edades. Serían testigos de la firma del documento, que una vez sea implementado propenderá por la conservación del área protegida que poblaron sus ancestros hace más de un siglo y que, de paso, servirá para fortalecer su cultura amenazada por la influencia de los alijunas (no wayuu).

Cuando se creó el Santuario, en 1977, los indígenas desconocían que vivían dentro de esta área protegida y solo se dieron cuenta tras pasar a ser administrado por Parques Nacionales casi dos décadas después. "Oímos versiones de que con esta figura íbamos a ser desalojados de nuestro territorio lo que provocó conflictos internos", cuenta Rosa Redondo Pana, representante legal del resguardo.

Esto hizo que en 1997 se dieran a la tarea de legalizar la propiedad de la tierra y de organizarse como resguardo. El proceso culminó el 20 de diciembre de 2006. El Resguardo, cuya extensión es de 120 hectáreas, quedó conformado por las comunidades de Tocoromana, Loma Fresca y Chentico.

Al año siguiente, luego de la adopción del Plan de Manejo del Santuario comenzó el acercamiento con los funcionarios de Parques Nacionales para la construcción del régimen, enmarcado en el manejo y uso sostenible de los recursos naturales que se encuentran en el área protegida.

El Santuario es el hábitat de varias aves migratorias, entre ellas los flamencos, que llegan atraídos por el complejo lagunar de Navío Quebrado y Grande, una despensa de peces y crustáceos que les sirven de alimento. Allí también hay una extensa zona de manglar y de bosque seco tropical.
Aunque las comunidades nativas han estado en el Santuario desde antes de su creación y lo han conservado a su manera, lo que se busca con el régimen es evitar las presiones sobre la flora y la fauna presente en esta área, para lo cual se adoptó una zonificación y reglamentos específicos para cada zona de conservación, sagrada, etnoturística, pastoreo, uso social y manejo especial.

"Va a haber una política interna, ya sabemos dónde se van a construir las viviendas, donde se pueden alimentar los animales y nosotros mismos dimos todos esos puntos", dice Redondo.
Pero conseguirlo no fue fácil. Durante el proceso de concertación se presentaron diferencias con la comunidad de Chentico debido al control ejercido por Parques Nacionales a la construcción de viviendas y edificaciones de material en algunas áreas del Santuario. Esto hizo que se marginaran del acuerdo.

"Ellos querían mejorar sus viviendas y desde ahí comenzó el choque con la líder de esa comunidad y no asistían a las reuniones que se hacían con Parques", explica Leonela Bouriyu, quien pertenece a la comunidad de Tocoromana y trabaja prestando servicios etnoturísticos en el Santuario.
Pese a esto, la directora general de Parques Nacionales, Julia Miranda, se siente satisfecha. "Logramos con la mejor voluntad trabajar con la autoridad indígena pero eso nunca ocurre de un día para otro, no es fácil hay que llegar a unos acuerdos muy claros, por eso las discusiones son largas. Este acuerdo nos va a permitir trabajar juntos para lograr la conservación del Santuario", dijo la funcionaria.

Y resaltó que este tipo de régimen también se ha firmado con comunidades nativas de Utria, Catatumbo Barí y Paramillo y pueden servir como ejemplo en otros países.

miércoles, 27 de mayo de 2009

URIBIA ES LA NUEVA 'SOBERANA' DE LOS WAYUU

La noche del pasado 24 de mayo fue inolvidable para Yoselin Inés Casseres Henríquez. La estudiante de tercer semestre de Derecho, oriunda de Uribia y perteneciente al clan Apshana, fue elegida como la nueva 'Majayut de Oro', en el cierre del XXIII Festival de la Cultura Wayuu.

Los conocimientos de su cultura, el desenvolvimiento y la seguridad al momento de enfrentarse al jurado, le aseguraron el triunfo a esta joven de 20 años, que todo el tiempo contó con el resplado de sus paisanos.

Tras pasar por un encierro de tres días al convertirse en majayut (señorita) a los 13 años, Yoselin empezó a ser vista por los uribieros como una digna representante de su etnia, pero solo hasta este año se animó a participar en el concurso 'Majayut de Oro', pese a que su mamá estaba renuente porque en diciembre se les murió un familiar.

Desde su primera aparición en la tarima Mi'ira su barra fue una de las más bulliciosas, al igual que las comitivas de las representantes de Riohacha, Maricarmen Móvil Gámez y de la Asociación de Estudiantes Indígenas de la Universidad del Zulia (Aseinluz), Keli Tatiana Silva Uriana.

En el escenario, las siete candidatas - cuatro de La Guajira y tres de universidades del Estado Zulia (Venezuela)- no solo desfilaron ataviadas con mantas coloridas, también demostraron sus destrezas en el baile de la yonna o chichamaya, en compañía de sus parejos que lucían guayucos (taparrabos).

La presentación de Tambores de Cabildo, agrupación cartagenera de música afro que estuvo acompañada de instrumentos tradicionales como la kaasha (tambor) y el massi, le dio el toque de interculturalidad a la velada. El espectáculo musical que duró una hora, mezcló danzas africanas y cumbias con jayeechi (cantos), interpretados por el músico wayuu José María Ipuana.

El momento de la verdad llegó cuando las majayut se pusieron sus mantas de gala.
El jurado, integrado por la representante a la Cámara, Orsinia Polanco; la magíster en Educación, Leonor Polanco; la lingüista y educadora wayuu, Alicaia Dorado; la ex ministra de Ambiente de Venezuela, Atala Uriana, y la ex Majayut (1990), Adalcinda Martínez; les hizo preguntas a cada una de las participantes que debían contestar en wayuunaiki y español.
La primera llamada fue Miladis Patricia Epiayú Pushaina, de Manaure, a quien le pidieron que nombrara tres tipos de kanaas (diseños wayuu) y que detallara uno. Presa de los nervios, la manaurera de 18 años confundió la respuesta con el maquillaje facial.
Riohacha también estaba nerviosa. Cuando le dijeron que de acuerdo con la temática del festival (Interculturalidad y Convivencia Pacífica), mencionara tres pueblos con los que podría interactuar, respondió con la voz entrecortada que trabajaría con los pueblos indígenas de Riohacha, Uribia y Maicao para fortalecer más su cultura "porque juntos podemos hacerlo, somos una sola Nación y tenemos que trabajar unidos".
Al final el turno fue para la uribiera, que estaba muy tranquila y segura. Le preguntaron quién fue worunka para los wayuu y contestó sin dudar. "Fue una mujer que tenía dentadura en la vagina y fue tumbada por los mellizos en un jagüey donde el agua se puso roja y desde ahí los animales y las aves tomaron su propio color cada uno".
El público aplaudió su respuesta, aunque algunos comentaron que le había faltado profundizar más.
Luego vino el veredicto. El jurado previendo que la decisión podría generar polémicas leyó un acta en la que dejaba constancia que se habían ceñido a los parámetros exigidos por la Fundación del Festival.
Cuando la jurado Orsinia Polanco dijo que el tercer lugar lo había ocupado Keli Silva, de Aseinluz, su comitiva gritó: 'fraude', 'fraude'. Incluso, algunos lloraron de la decepción.
El segundo lugar fue para Riohacha. Al anunciar a Uribia como ganadora, la plaza Colombia, donde se realizó la ceremonia, tembló con los gritos de los presentes.

Eran las 11:15 de la noche. Yoselin recibió de manos de su antecesora, Josefa Barros Ipuana, la kiara (cintillo tejido) y la banda de 'Majayut de Oro 2009'. "Uribia te cumplí (...) y les voy a cumplir a todos los wayuu colombo - venezolanos", dijo emocionada. Y la gente volvió a aplaudirla.

Premios de la 'Majayut'

La nueva 'Majayut de Oro', además de la kiara y la banda, recibe como premios 3 millones de pesos en efectivo, una novilla, una joya de la Joyería Amiga de Maicao, una manta del diseñador y artesano Luis Enrique Uriana, un obsequio de Suministros M&M; un bolso wayuu elaborado por la artesana María Concepción Iguarán, un anillo, un collar y un rosario de oro.

A partir de 1986, año en que fue designada Rosa Tulia Iguarán Epieyu como la primera 'Majayut de Oro', Uribia ha ostentado 11 veces el título, seguida por Venezuela con seis.

LAS 'REINAS' DE LOS WAYUU NO SE ELIGEN POR LAS CURVAS




Maricarmen Móvil Gámez duró tres meses encerrada. Tenía 14 años. Le había llegado su primera menstruación y, según la tradición wayú, debía permanecer lejos de las miradas masculinas y someterse a una dieta estricta para purificar su cuerpo.

Tuvo que suspender sus clases de octavo grado en la Normal Superior de Uribia para ser recluida en un cuarto con paredes de barro, en la ranchería El Paraíso, localizada en el kilómetro 18 de la vía Riohacha-Valledupar.

Su abuela materna, Ángela Pimienta; su mamá, Carmen Gámez, y su tía Cecilia Acosta eran su único contacto con el mundo exterior.

Los primeros tres días estuvo en ayunas, excepto por las tomas de jaguapia, un brebaje amargo preparado con hierbas. "Era para que dejara los malos hábitos de la niñez", dice su tía Cecilia. Además, le cortaron el cabello a la altura de la nuca y tenía que dormir en un chinchorro, colgado muy cerca del techo.

El encierro es el paso definitivo para convertirse en majayut -señorita en wayuunaiki-. En ese período que antes tardaba varios años – de acuerdo con la posición social-, pero que ahora se
reduce a meses e incluso días, las niñas wayuu son formadas para asumir su nueva condición de mujer.

Después del encierro

Ahora, su cabello negro y lacio le llega casi a la cintura y a través de la manta se dibujan las curvas de su reciente adultez. El pasado 4 de octubre cumplió 17 años, su piel es tersa y cuando sonríe muestra su dentadura de marfil.

Hace apenas unos días llegó desde Bogotá, donde estudia II semestre de Comunicación Social, para participar por Riohacha en el certamen de la 'Majayut de Oro', que será elegida el domingo 24 de mayo en el marco del Festival de la Cultura Wayuu en Uribia.

Esta población, en cuya plaza se levanta un obelisco y donde los indígenas han construido enramadas para atender a los visitantes, es el escenario del singular concurso, en el que la belleza ocupa un segundo plano.

Lo realmente importante es el conocimiento que tengan las participantes de los usos y costumbres de su cultura, el dominio del wayuunaiki -su lengua- y las destrezas en el tejido, el baile de la yonna o chichamaya (danza por pareja en la que la mujer persigue al hombre al son de la kaasha -tambor-) y la preparación de platos típicos.

"El concepto de belleza es diferente al occidental porque aquí no escogemos una mujer 90-60-90 sino una ciento por ciento orgullosa de su condición como wayuu", afirma Rosa Tulia Iguarán Epiayú, vicepresidenta de la Fundación del Festival.

Y agrega que la elección de la majayut es un homenaje al papel de la mujer dentro de la cultura wayuu. "Nosotros pertenecemos a una sociedad matrilineal y la majayut se convierte en una embajadora de nuestro pueblo", comenta.

Rosa, una mujer de rostro redondo y con poco maquillaje, sabe muy bien de lo que habla. En 1986, se convirtió en la primera en ostentar el título de 'Majayut de Oro'. Fue escogida por decreto y coronada por un capitán del Ejército.

Esa noche, recuerda, estaba ataviada con una manta estilizada, que imitaba los vestidos de las reinas de Cartagena, y tenía zapatos de tacón alto.

"¡Y eso que veníamos en un proceso de afianzamiento cultural!", advierte. Añade que ahora las aspirantes deben lucir mantas tradicionales, guaireñas (sandalias) y accesorios típicos y que a la ganadora, en lugar de corona, le entregan una kiara (cintillo tejido).

Yoselin Inés Casseres Henríquez, la candidata de Uribia, heredó el vestuario y las alhajas de sus presentaciones de su única tía materna, Inés Henríquez, quien murió al año siguiente de haberla instruido en su corto encierro, a los 13 años.

"Cuando vi la mancha roja me asusté, pero mi tía me explicó que ya era una mujer y que tenía que saber tratar a los varones y hacerme respetar para ser valorada", dice esta joven de 20 años, que cursa III semestre de Derecho en Barranquilla.

Aunque su padre es 'alijuna' (no indígena) se considera una auténtica wayú, por eso no se avergüenza de hablar en su lengua y de ir vestida en manta a la universidad.

Admite que entre sus planes no estaba participar como majayut, pero que ante la insistencia de la gente del pueblo, que le decía a Olivia, su mamá, que ella reunía las condiciones, se animó a hacerlo. "Para mí esto no es un concurso sino una experiencia donde hay que resaltar y mostrar la cultura", dice con total convicción.

La noche del domingo, en el cierre del festival, se conocerá el nombre de la nueva 'reina' de los wayuu. Las siete majayut que participan este año (cuatro de La Guajira y tres de Venezuela) harán su aparición en la tarima Mi´ira vestidas de gala: con mantas confeccionadas en un telar. Al final, la ganadora quizás no sea la más bella, pero si la que mejor represente la cultura de sus ancestros.

Estas son las candidatas

Miladis Patricia Epiayu Pushaina, representante de Manaure. Tiene 18 años y estudia 11 grado. Pertenece al clan Pushaina.
Ana Matilde Palmar Palmar, de la Universidad Costa Oriental del Lago de Maracaibo (Venezuela). Tiene 22 años. Pertenece al clan Uliana.

Yugeidy Guadalupe González González, de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador de Venezuela. Tiene 18 años y cursa IV semestre de Educación Intercultural Bilingüe. Pertenece al clan Pushaina.

Estilita Suárez Ipuana, de la Universidad de La Guajira. Tiene 22 años. Es oriunda de Nazareth (Alta Guajira) y estudia II semestre de Contaduría Pública. Pertenece al clan Ipuana.

Keli Tatiana Silva Uliana, de la Universidad del Zulia (Venezuela). Tiene 23 años y es miembro del clan Uliana.

Maricarmen Móvil Gámez, de Riohacha; y Yoselin Inés Casseres Henríquez, de Uribia, ambas del clan Apshana.